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REPORTAJE// LAS HIJAS del Presidente

viernes 01 de febrero de 2013 10:57 AM

M. Delgado Marcucci /

Ambas son discretas, ambas acompañan a su padre incondicionalmente y casi por turnos a cada actividad. Venezuela las ha visto a su lado, en las buenas y en las malas. 


Y en el último año y medio se han convertido en las más celosas guardianas de la salud de su padre, un inquieto teniente coronel que convencido de su predestinación política ha llegado a convertirse en líder para los menos favorecidos de toda esta categoría geopolítica que insisten en llamar Tercer Mundo.


Rosa Virginia y María Gabriela se convirtieron, sin quererlo pero sin negarse, en las primeras damas de Venezuela en la última década y lo hicieron “al alimón”, turnándose las escenas al lado de su padre. Ellas lo acompañan en las giras, en las actividades políticas, en los actos protocolares y en las campañas. Dicho de otro modo, Chávez nunca sale sin ellas.

Rosa Virginia, la mayor y la madre de sus dos nietos varones, se deja ver menos en público. Es adusta en gestos, pero exhibe su mejor sonrisa cuando se trata de celebrarle algún cuento, una exageración, y hasta una indiscreción.


María Gabriela, la segunda y madre de su única nieta, es más inquieta, expresiva y políticamente más activa que Rosa Virginia. La cercanía entre padre e hija es innegable. María Gabriela se desvive por él y el Presidente deja claro que con ella tiene una conexión especial.


La segunda esposa de Hugo Chávez, Marisabel Rodríguez, dijo en una oportunidad de María Gabriela: “Es una niña orgullosa de su papá. Ambas lo son, pero ella ha sido su defensora porque es, como le decía su papá, más ‘disposicionera’. Siempre fue muy cercana y se identifica con él de muchísimas maneras. Es una especie de continuación de él; creo que ella tiene el sueño interno de serlo. Ella tendrá ya largas horas de vuelo de conversaciones con Fidel, lo admira muchísimo”.


La misma Gaby, como cariñosamente la llama su padre en público, lo ha defendido con fiereza de quienes lo adversan. Fue ella quien, tras el golpe de Estado de abril en el 2002, se encargó de llamar a Fidel Castro y a los medios internacionales para advertir que su padre estaba preso y que no había renunciado. Desde entonces Fidel la bautizó como “la heroína”.


A ellas nunca les ha tocado fácil. Ser las hijas de Hugo Chávez las ha marcado en esa relación amor-odio que el Presidente despierta. Eran pequeñas todavía cuando tuvieron que cargar con el peso de un padre preso, acusado de golpista. Crecieron viendo a millones de venezolanos amándolo u odiándolo y han aprendido a vivir con la responsabilidad de ser un blanco político.


“Nunca olvidaré, como padre, la noche del 3 de febrero de 1992: dejar la casa, dejar los hijos dormidos, echarles la bendición, darles un beso, dejar la mujer y salir con un fusil en la oscuridad. ¡Eso es terrible!, porque uno deja un pedazo del alma”, reconoció el mismo Hugo Chávez, 20 años después de la intentona que lo convirtió en el personaje político más polémico e importante de la historia contemporánea del país.


La más pequeña de las hijas, Rosinés, lleva el nombre de su bisabuela— la mujer que levantó al Presidente— y pese a tratarse de una adolescente, en no pocos programas dominicales Chávez hizo alarde de la pasión de su pequeña por el softbol y de su orgullo porque estudiaba en una academia militar. “Ustedes saben quién me imita a mí, pero perfecto, Rosinés. Se para y saluda: ‘Permiso, mi comandante en jefe’. Un día, caminando por entre unos árboles, andaba vestida de soldado, me dijo: ‘Papi, yo quiero ser paracaidista’. Por supuesto la idea no me gusta mucho. (...) ‘¿Y tú podrás saltar?, ¿cuántos años tendrás tú?, ¿cincuenta, sesenta y pico de años?’. O sea lo que ella estaba pensando era tirarse conmigo de un avión, compadre. No nos tiraremos de un avión, mi vida, pero podremos jugar dominó, a lo mejor, o jugar… ¿Qué? Bolas criollas que te gustan tanto”...


Hugo Rafael, el único hijo varón del Mandatario, es quien menos veces aparece frente a las cámaras y a quien menos se le ve alrededor del Mandatario, lo que ha sido objeto de toda suerte de especulaciones. Sin embargo, el propio Chávez llegó a contar que cuando nació “Huguito, Nancy (Colmenares, su madre) se fue a parir a Barinas y yo andaba en una comisión con unos tanques, en maniobra. Por allá, en medio de un tierrero, unos tanques y unos soldados, me llegó el mensaje: “Parió macho”. Celebré entre tanques de guerra y entre soldados el nacimiento. ‘Se llamará Hugo Rafael’, dije desde allá en un mensaje a la mamá y a la abuela, mi mamá”.


Ahora, y desde que se conoció la enfermedad del Presidente, tanto Rosa Virginia como María Gabriela han puesto en práctica sus mejores artes en el nada fácil oficio de ser hijas de Chávez. Disciplina y discreción. Agradecen y manejan con prudencia las manifestaciones de afecto de quienes aman y lo sienten como propio al Presidente-paciente. Callan y responden con tacto y contundencia a quienes lo adversan y trasladan automáticamente su rencor a todo lo que le rodea, incluyendo, por supuesto, a sus hijos.


María Gabriela, como lo haría en su lugar cualquier hija, ha salido en más de una ocasión en su defensa: “Por él soy quien soy, por él soy capaz de sentir a mi gente. Gracias a sus enseñanzas lucharé por lo que más deseo. Él me enseñó sencillamente a amar. Él me enseñó que la vida puede resultar un poco dura y hasta injusta, pero que a pesar de mil adversidades hay que luchar por alcanzar nuestras metas. (...) Pueden decir lo que quieran, pueden inventar una y mil cosas, pueden culparlo, acusarlo y hasta hacerle daño. Y yo, aunque sufra, cada día de mi vida estaré feliz por haber tenido la maravillosa oportunidad de ser su hija.


Tengan por seguro que, pase lo que pase, aquí estoy y aquí estaré para continuar su lucha, que es la misma lucha de nuestro Simón. (...) Yo, María Gabriela Chávez Colmenares, le grito al mundo, que me siento plenamente orgullosa de ser un pedacito de ese hombre maravilloso”.


El manifiesto de amor de María Gabriela en el 2002 le dio la vuelta al mundo.

Hoy, la periodista egresada de la UBV no cesa en desmentir rumores vía tuiter y en lanzarse a la jauría de las redes sociales en donde las pasiones suelen respetar poco los afectos sanguíneos.


Rosa Virginia, mucho más serena y sin cuenta tuiter, mostró ante el mundo una fortaleza envidiable la noche del 30 de diciembre del 2012 cuando, en cadena nacional, desde La Habana, el vicepresidente Nicolás Maduro, anunció al país las complicaciones postoperatorias del Jefe del Estado.


Alguna prensa internacional llegó a especular sobre las ambiciones políticas de María Gabriela, o sobre el fuerte carácter de Rosa Virginia a quien, decían, le incomodaban los frecuentes excesos con la salud de su padre.


Es que aunque para el resto de la humanidad Hugo Chávez es objeto de devoción o rechazo, de admiración o crítica, de incondicionalidad o de intolerancia, pero para nadie es indiferente, y menos para este dúo de mujeres que ven en él no solo al líder político, o al estratega militar, o al polémico revolucionario de Sabaneta, para ellas —aunque a la irracionalidad en la que ha caído la diatriba política nacional impida verlo así— Hugo Chávez es algo mucho más simple, pero a la vez mucho más importante: Hugo Chávez es su padre.


 


 


 


 


 


 


 


 

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