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CRÓNICA: Los Monjes: un tesoro soberano

viernes 03 de agosto de 2012 09:32 AM

Osmely Ventura / Punto Fijo

El azul en el archipiélago Los Monjes es fiel retrato del Caribe venezolano, de su mar, del olor a salitre, a vida. Ubicado a 111 kilómetros costa afuera, frente a la península de Paraguaná, en pleno golfo de Venezuela, se erige como uno de los tesoros que guarda la plataforma marina para el país.



“¡No debe existir alguna duda de que Los Monjes son venezolanos!”. La exclamación del almirante Diego Alfredo Molero Bellavia, comandante de la Armada venezolana, es contundente. Son 20 hectáreas de Patria. Desde el mar emergen formaciones rocosas que lo convierten en un lugar alucinante.


“Todos los venezolanos debemos conocer esta parte de nuestro país, que nadie se quede sin saber que desde aquí defendemos nuestra soberanía a costa de lo que sea necesario”. Las palabras de la gobernadora de Falcón, Stella Lugo, dejan colar una historia de viejas pugnas entre Colombia y Venezuela por este territorio.


En este escenario natural, la Armada Bolivariana realizó a mediados de julio un acto de soberanía, con un matrimonio civil colectivo y tres bautizos, en la estación secundaria de guardacostas Capitán de Navío Felipe Batista.


Este tesoro venezolano fue descubierto por Alonso de Ojeda en 1499. Dos islas que no superan los 600 metros de longitud y 70 de altura se juntan por un puente artificial.


Desde el mar puede verse un faro en lo alto de la isla más grande, que sirve de señal a las embarcaciones. Un muelle pesquero y un helipuerto hacen parte de las estructuras que se han ido adecuando para hacer de Los Monjes un lugar “vivo”. En el resto de los islotes que conforman el archipiélago reina una geografía pedregosa, suavizada por la imponencia del Caribe.


Para el ejercicio de soberanía, las parejas que contrajeron matrimonio partieron, una noche antes desde el puerto de Guaranao, en Punto Fijo, a bordo del buque patrullero litoral Yavire (GC-22) de la Armada. La logística para movilizar a más de 80 personas hasta este paraje inalcanzable para muchos, y perfecto para quienes sueñan con recorrer toda la geografía venezolana, estuvo envuelta en una especie de manto divino y profano.


Un cielo despejado, una brisa tan limpia que dejaba llenar los pulmones y las respetuosas olas que apenas golpeaban la embarcación, ofrecían una garantía de navegar viento en popa.


El almirante Molero Bellavia y la gobernadora de Falcón, Stella Lugo, fungieron como padrinos de honor. Para aquel hombre formado en alta mar y regido por insignias del componente naval, la celebración ameritaba de bombos y platillos.


Uno de los contrayentes, Luis Enrique Iguarán Cambar, llegó tomado de la mano de su compañera de vida, Rina Carolina Lugo Rodríguez, con una sonrisa perenne en su rostro. No venían solos, la pequeña Klarita, de cinco años, fruto del amor, no podía faltar, anunciando que luciría un hermoso traje blanco “para el matrimonio de papi y mami”.


“Rina y Klarita ahora mi vida, son lo mejor que me ha pasado”, contó el joven de 26 años, y de sangre wayuu que salió del Zulia en búsqueda de una mejor calidad de vida y ganas de servir a la Patria en la Base Naval Juan Crisóstomo Falcón, de Punto Fijo.



Las otras dos parejas decididas a unirse civilmente en medio de la inmensidad del Mar Caribe, eran César Sulbarán y Nelsy Lugo, Yon Daniel Medina y Carmen Sánchez. Quedará registrado en la historia que formaron parte de la cuarta ceremonia de matrimonio civil que se celebra en esas islas, las primeras se realizaron en 1988.



Para los civiles, el inusual festejo llevaba consigo mezcla de aventura y sobresalto. Ricardo Henríquez sonó las cuerdas de su violín en la celebración. No ocultaba su emoción: “Es la primera vez que voy a tocar en un lugar tan especial, pero acepté la invitación para conocer más a mi hermoso país”, dijo mientras llegaba a la cámara, lugar del patrullero donde intentaría descansar hasta llegar al archipiélago Los Monjes.


Cada nuevo pasajero que llegaba era recibido por una corte de marineros, hasta que el C/N Juan Oti Paituvi, comandante de la embarcación, reunió a los civiles en la cubierta para la bienvenida, ofrecer información de las normas de seguridad y prepararlos para lo que serían las próximas horas a bordo.


Al frente de las máquinas de la embarcación, de 79,90 metros de eslora y capacidad para 1.500 toneladas, el C/C Jaime Durán, ahondó en las medidas seguridad que debían prevalecer durante la travesía. No cesaba de repetir la necesidad de permanecer en los camarotes. No cumplir con estos lineamientos podría ser mortal; caminar en la cubierta una vez que inicie la travesía, traería la posibilidad de caer al mar y “los motores de la embarcación impedirían escuchar cualquier voz de auxilio”.


Cincuentas tripulantes, siete de ellos mujeres, con edades promedio de 30 años y formados en las distintas instancias de la armada, desde la Academia Militar Venezolana hasta la Escuela Técnica de la Armada, se fajaron en sus quehaceres. Parecían hormiguitas, iban de lado a lado, atendiendo la voz de los superiores, halando guayas, moviendo válvulas y asegurando pernos.


A la medianoche se hizo el chequeo de los invitados y la compuerta principal que comunica la cubierta con el interior del patrullero se cerró. La embarcación destinada a la vigilancia y protección de la zona litoral; protección y control de tráfico marítimo; asistencia humanitaria a otros buques; lucha y control ambiental y operaciones de búsqueda y rescate, fue habilitada para el traslado del personal que asistiría al evento.



El vaivén llegaba con el transcurrir de los minutos, “ya comenzamos, mejor voy a cerrar los ojos para sentir menos”, soltó Marlimar Cotiz, cuando la embarcación comenzó a surcar las aguas con destino a Los Monjes; el mismo que Rodrigo de Bastidas, Juan De La Cosa, el Duque de Weimar y el periodista Miguel Hadgials, reconocieran como territorio venezolano.


Las invitadas Nancy Chirinos y María Serrano compartían la enfermería para descansar.

Mientras conversaban como un par de vecinas, el bamboleo se hizo menor, sin embargo, se percataron que la pesada nave coqueteaba con las olas hasta que el sueño las venció. Este espacio está dotado de equipos de odontología, cirugía menor y primeros auxilios, también cuenta con cinco camas, armarios para artículos personales y una sala sanitaria. Todo fue dispuesto de forma impecable para atender civiles y militares.


Antes del amanecer, un agudo sonido del toque de diana que retumbaba en toda la nave, hizo que los visitantes se levantaran de un brinco. Mientras se disponían al aseo personal, la tripulación ejecutaba “el círculo de borneo”, procedimiento que consiste en la búsqueda del acomodo del buque para lanzar el ancla y apagar los propulsores.


Uno de los tripulantes izaba los banderines, cada uno con un significado específico. El primero en subir a media asta fue la bandera India, que indica a otro buque que efectuaba maniobras de “abarloamiento” — la unión de la nave a otra—. Los banderines subieron al ritmo de la brisa mañanera, el tricolor venezolano fue el último en ocupar su lugar.


Un grupo realizaba maniobras en la proa del buque para cumplir con el objetivo de llegar antes del atardecer, que según el almanaque náutico sería a las 5:45 de la madrugada, justo cuando el sol se empareja con el horizonte. Uno de estos hombres, delgado y ágil estaba al mando de una campana de cobre, presto a las instrucciones provenientes del puente de mando para hacerla sonar. Todos marchan al mismo compás, garantizando el éxito de la operación.


Otro silbido indicaba que debían estar en la cámara para desayunar, tres mesas con espacio para seis personas, están dispuestas en una sala adjunta a la cocina, que lucía prolija. Las manos de tres jóvenes marineras servían gentilmente lo dispuesto para el desayuno. Un cafecito con leche caliente y unas arepitas con jamón y queso, despejaron la sensación de bailoteo que sentían algunos.


Los que no acostumbran desayunar tan temprano, prefirieron asomarse al puente de mando. Desde allí se controla la estratégica nave con centenares de botones, luces encendidas y switches; todo funciona automáticamente, sin embargo, los navegantes también pueden maniobrar la embarcación.


En un reducido cuarto, una mesa grande soporta lo que para los hombres de mar es una biblia. La llamada carta náutica, en ella se ve y se explica todo lo relacionado con la travesía.


“En muchas oportunidades nos indica las zonas navegables, las costas cercanas, lo dice todo, por eso es que le decimos la biblia”, contó el T/F Orángel Camaco Charaima, al recorrer con lápiz en mano, cada trazo de la carta de navegación.


A unas cinco millas, unos picachos borrosos se divisaban en el horizonte, salpicados por los nacientes rayos del sol.


El silencio inundó el ambiente, para los que por primera vez contemplaban lo que antes solo veían en los libros. El asombro, la majestuosidad e incredulidad se apoderaron del ambiente.

La aventura aún no terminaba, el mar se empeñó en impedir que una embarcación patrullera de menor tamaño, se amadrinara al “Yavire”, obligando al comandante Oti Paituvi ordenar el desembarque abordo de botes Zodiac, pequeñas embarcaciones con motor fuera de borda.


Al poner los pies en tierra firme en la Estación Secundaria de Guardacostas Capitán de Fragata Felipe Baptista, el personal que la custodia recibió a los visitantes con la alegría como de quien se encuentra con un viejo amigo.


Un camino de piedra, daba paso a un ambiente festivo, banderines coloridos armonizaban con el azul del cielo que en degradación se unía con el mar.


Los sacerdotes Luis Molina, capellán de Venezolana de Televisión y T/F Luis Méndez, capellán de la base naval “Juan Crisóstomo Falcón”, tuvieron la responsabilidad de oficiar la misa que dio lugar al momento para bautizar a José Miguel Calderón, Juan Carlos Gutiérrez y William Wessolossky.

Cada invitado fue tomando su puesto en las dos hileras de sillas ubicadas en el pasillo de la estación militar.



En uno de los asientos, estaba José Miguel, de tres años, con sus padres. El pequeño se convirtió en el tercer venezolano en ser bautizado en el archipiélago Los Monjes. Con una mirada expresiva y emocionada no dejaba de contemplar las embarcaciones atracadas en el muelle.


Sus padres Jesús Calderón, sargento mayor de segunda y Mari Gotopo, no lo pensaron dos veces para tomar la decisión de bautizar a su cuarto hijo en medio del Mar Caribe. “Me pareció muy bien porque hacemos soberanía, es una experiencia bien bonita venirnos en barco hasta este lugar tan maravilloso”, comentó la orgullosa madre del niño bautizado.

Para el capitán William Wessolossky y su esposa Yurima, la oportunidad que recibieron de traer a su único hijo William, de 9 años, a recibir el sagrado sacramento del bautismo representa una muestra de la soberanía venezolana.


El helicóptero que trasladó a gran parte del alto mando militar, trajo consigo a un joven de figura atlética y de piel morena. Junto a él, una delgada mujer visiblemente emocionada.


Se trataba de Simón Andrés Müller Rubio y su madre Elizabeth Rubio, los mismos que el 7 de noviembre de 1987 protagonizara el primer nacimiento a 60 millas de la costa paraguanera.

Para este joven, no ha sido fácil contarle a sus amigos y conocido, dónde nació ni las circunstancias que llevaron a su madre a traerlo al mundo tan lejos de casa, en el Mar Caribe.


“Las explicaciones se hacen largas, muchos no entienden, pero crecí sabiendo que soy parte de la historia de Venezuela y me siento orgulloso de eso”.


Andrés Müller estudia licenciatura en Deportes en la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda en Punto Fijo, al dejar el béisbol por una lesión, se hizo del ejercicio y las pesas para complementar su formación profesional.


Al recorrer los pasos que hace casi 25 años la llevaron a Los Monjes, Elizabeth, cuenta que la hazaña fue un verdadero acto de amor por su familia y por la Patria como el que ejecutaron las parejas que se casaron. “Nada en el mundo se mueve sin el consentimiento de Dios, Él hizo que la historia se registrara así, vine a visitar a mi esposo y se me presentó el parto y a los cinco días lo bautizamos”.

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