La tarde del domingo 18 de julio de 1976 no fue una jornada cualquiera en la historia de los Juegos Olímpicos. Nadia Comaneci, una joven rumana de 14 años, saltó de la nada para convertirse en referencia obligatoria de la gimnasia en el mundo.
La sencillez y la humildad se reflejaban en su rostro. Su cabello amarillo relucía entre las participantes, era la más joven del grupo, por lo que pocos pensaban que su actuación sería relevante.
En barras asimétricas deslumbró. Su destreza, naturalidad y dominio del aparato hizo enmudecer el gimnasio, los pronósticos se cayeron y casi de forma simultánea los 10 de los jueces se hicieron presentes. La ovación para la rumana se sintió en todo Montreal y la noticia recorrió el mundo en cuestión de segundos.
Fueron 26 segundos que duró su presentación. Única e irrepetible. Tanto, que ni en la pizarra eléctrica de los jueces, donde aparecía la puntuación al público se lograba marcar la sincronía de 10. Una pequeña, de 40 kilos y 1,50 metros, era la perfección.
Comaneci, nació en Onesti, un pequeño pueblo en Rumania que tenía como principal factor económico la agricultura. Nadia, nació el 12 de Noviembre de 1961, hija de George y Stefania Alexandrina Comaneci.
Su infancia no fue fácil. Las limitaciones familiares y los problemas económicos, políticos y sociales hicieron de Nadia una niña introvertida y muy callada, hablaba muy poco, aspecto que preocupaba a sus padres, quienes buscaban algo que pudiera hacer para ayudarla.
“No era tan tímida como parecía, aunque sí me costaba mucho hacer amistades con personas que no conocía. Ahora miro todo y me siento feliz de lo que me tocó vivir”, rememoró, en una entrevista a un medio mexicano, Comaneci.
La gimnasia fue la disciplina que más le atrajo, si bien, eran pocas las opciones para practicar en el pueblo. A los seis años comenzó de la mano de Marta Karolyi y Valeriu Munteanu a entrenar, pero fue Bela Karolyi (esposo de Marta) quien vio en Nadia la estrella que logró ser.
Un año pasó para que Bela se hiciera cargo por completo de Nadia. Muy pronto los triunfos comenzaron a llegar para la retraída joven.
Fueron innumerables los triunfos nacionales que logró la “pequeña gimnasta” como le decían varias de sus compañeras. Nadia había conseguido no solo un pasatiempo, sino una disciplina para toda la vida. Su primer gran triunfo llegó a los nueve años cuando participó en el Campeonato de Europa, donde se colgó su primera dorada internacional.
Ya a los 13 años formaba parte de la selección nacional. La gran estrella se preparaba para dar su gran demostración: los Juegos Olímpicos de Montreal 1976.
Un año antes deslumbró en Noruega ganando, ya en adulto, el Campeonato de Europa, venciendo a atletas olímpicas y muchas más experimentadas que ella. El triunfo le valió ser la número uno de Europa para la cita olímpica, pero seguía siendo una incógnita con miras a la máxima cita del deporte mundial.
Su preparación fue extenuante. Bela sabía que tenía en sus manos no solo a la primera medallista femenina de su país, sino a quien podía marcar un hito en la disciplina. Mientras la situación política del país se agravaba. El gobierno Nicolae Ceaunescu había emprendido una fuerte arremetida de represión contra la población, aspecto que ocasionaba fuerte malestar en la gimnasta.
Si bien, al principio el Primer Mandatario se había acercado a las naciones del centro de Europa, una nueva etapa se iniciaba en la vida rumana. El desencanto social comenzaba a crecer en cada rincón de Rumania.
Ceaunescu había concentrado todo el poder para él. Su política interna era represiva, mientras que antes los ojos del mundo buscaba alejarse de la sombra soviética, pero manteniendo una postura comunista.
Su actuación en Montreal la llevó a colgarse tres medallas de oro en barras paralelas, barras asimétricas y viga de equilibrio, una presea de plata por equipo y otra medalla de bronce en piso.
Fue en barras asimétricas donde se consagró con los siete 10, donde luego de una impecable participación cayó de pie en la colchoneta, con manos extendidas y una gran sonrisa se ganó el oro, los aplausos y el asombro del mundo. ¿Es de otro planeta? Decían muchos.
Sin embargo, para la gimnasta su tesoro más preciado fue la colección de muñecas que tenía y que crecía con cada viaje. Llegó a tener más de 200 muñecas.
“Era muy joven para saber lo que sucedía. Pasó un largo tiempo para que yo pudiera entender lo que había sucedido, aún me cuesta creerlo”, contó Comaneci.
A su llegada a Rumania fue recibida como toda una reina. Todo el país celebró el triunfo, y si bien trajo una gran alegría al pueblo, la rápida influencia que comenzó a ganar podía convertirse en una piedra en el zapato para el Gobierno.
En los meses siguientes demostró su potencial en campeonatos en México, Estados Unidos, Checoslovaquia, entre otros países, que se le deleitaron con su entrega y perfección. Pero no todo era felicidad, ya con 16 años, Nadia comenzaba a experimentar otro inconveniente: el sobrepeso.
Su mayor derrota fue en el Campeonato de Europa de Francia, en 1978, en el que sufrió una caída en la viga y perdió toda posibilidad de subir al podio. Su decepción se hizo presente.
Su mirada ya estaba puesta e los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. En la capital rusa, Comaneci no pudo repetir su brillante actuación, una molestia en la ciática le impidió participar en todas las pruebas, pero llegó al podio en piso y viga. Su siguiente compromiso fue un torneo en Estados Unidos, donde regresó a casa sola, luego que sus entrenadores decidieran no volver a Rumania.
“Todas las medallas que tengo tienen su historia y para mí su propio valor. Todas las tengo guardadas, porque marcaron un momento de mi vida”, explicó.
A partir de ese momento la situación personal de Nadia fue cada vez más limitada e incómoda, por lo que decidió retirarse de las competencias y dedicarse a la formación de las futuras estrellas rumanas. El Gobierno poco creyó en sus palabras y emprendió un cerco contra la atleta. El temor que siguiera los pasos de sus entrenadores.
La mayor evidencia fue después de regresar como invitada de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 a Nadia le fue incautada su correspondencia; así como se le intervino su teléfono y cualquier tipo de comunicación con el extranjero. Sus viajes fueron limitados por el Gobierno, estas cosas crearon un gran descontento en la población al ver un cerco en la que era vista como la heroína de los rumanos.
Cinco años se dedicó Comaneci a formar en su pueblo y en Bucarest, pero su felicidad no era completa, estaba prácticamente incomunicada del mundo. Comenzaba el mes de diciembre de 1989 y Nadia no pudo aguantar más. Escapó.
En vista que sus salidas del país están prohibidas se vio obligada a pasar por un túnel entre la frontera de Rumania y Hungría. Nadie sospechó de sus acciones, ya que una enorme cerca separaba ambos países, por lo que su escape debió ser subterráneo.
El barro la bañó por completo, toda la elegancia y distinción habían quedado atrás. Lo importante era conseguir la libertad. Fueron más de seis horas las que tuvo que caminar para llegar a una población donde la esperaban en un jeep para llevarla a Austria donde pediría asilo político a Estados Unidos.
Pocos días después de su salida, estalló en Rumania una revuelta popular que acabó con 22 años de mandato. Tanto Ceaunesc, como su esposa y algunos miembros del Gobierno fueron ejecutados en un cuartel militar en Targoviste.
Nadia se reunió en Estados Unidos con sus antiguos entrenadores. Sin dinero, ya que para poder escapar se vio obligada a pagar elevadas sumas, pero con la dulce sonrisa, la misma que lució en Montreal aquel glorioso domingo, saboreó la libertad. “Aún mantengo contacto con Bela y su esposa. No pasan dos semanas sin que nos hablemos”, resaltó.
Nadia hizo historia. La gimnasia tuvo un antes y un después de los Juegos Olímpicos de Montreal 1976.
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