Un joven de piel tostada y ojos “grandes” no para de hablar en un pequeño salón de clases del instituto de Aeronáutica y Astronáutica de Beijing, conocido también como la Universidad de Beihang. Sus compañeros, más de 30, observan con asombro a la persona que rompe la rutina de todos los días y la tranquilidad del espacio.
“Mis compañeros chinos llegaban a las 7:00 am y se iban a las 8:00 pm, sin pronunciar una sola palabra. En 12 horas únicamente se escuchaba las teclas de sus computadoras, tanto silencio a veces me iba a volver loco, casi nadie tiene tiempo para hablar”.
Así fue el viaje de Rixio Morales, un joven marabino, de 24 años, quien llegó a China con el sueño de sacar su doctorado de ingeniería de aplicaciones computarizadas (tratamiento de imágenes en 3-D), además de una especialización en ingeniería espacial. Inició un recorrido de 15.000 kilómetros hasta la capital de una de las principales potencias del planeta: Beijing, donde a diario convergen unas 19 millones de personas, más de la mitad de la población de Venezuela.
La frase “voy a echarle pichón a todo” lo acompañó en su odisea. Atrás dejó sus “arepas y plátanos”, amigos y profesionales. Su fe y la bendición de Rixio (su padre) y Yoli (madre) fueron sus armas para vivir en una de las metrópolis más activas del mundo.
“Lo que me pegó en el principio era larga lista de normas de convivencia dentro de la universidad. La hora del baño era a las 7:00 de la mañana y lo que te recibía en la ducha era un chorro de agua a - 3° C. Todos estaban acostumbrados, menos yo. Imagínate vivir en el Zulia y Caracas, para luego llegar a un sitio muy distinto, casi otro mundo con muchas de costumbres, tradiciones milenarias y cientos de reglas”, explica Rixio, desde la sala de su casa, al rememorar los 1.825 días de su peregrinar.
Él estuvo allí para ser uno de los primeros hijos del proyecto satelital chino-venezolano Simón Bolívar. Una oportunidad dentro de su trabajo en el departamento de computación en Petróleos de Venezuela (Pdvsa) lo llevó a “tomar las maletas” y así cambiar su vida de la ajetreada Caracas, a la vertiginosa Beijing. “Uno de mis jefes me preguntó si quería hacer un postgrado en el extranjero y le dije que ‘sí’, sin conocer el destino. Estuve haciendo pruebas por espacio de año y medio hasta que me dieron la buena noticia”.
Su curiosidad, como buen marabino, lo llevó a adentrarse en las “venas” de la cultura milenaria del país del dragón. Su mayor reto: aprender “mandarín”, un lenguaje complejo con diversas variaciones fonológicas (tonos de voz) y léxicas que hablan 836 millones de personas.
“Por iniciativa propia decidí aprender el mandarín con profesores, los taxistas y compañeros. Me costó al principio, pero aprendí a comunicarme decentemente. La gente se asombraba de escucharme, no es común que un extranjero lo haga bien”, comenta desde el sillón de su hogar, en Maracaibo.
Y fueron esas similitudes fonéticas entre el español y el mandarín los que lo pusieron en apuros en varias ocasiones.
“Una vez dentro de un taxi le dije a uno de mis compañeros, varias veces, ‘ta' bien’ y el chofer frenó y trató de bajarme del carro. Allí entendí que la expresión en chino significa no aguantar las ganas de cag.... ja,ja,ja. Ese fue un chiste que duró meses”, dice al sonrojarse.
Con más de 1,2 billones de habitantes el tema del empleo y de la formación académica de los pobladores no pasa desapercibido para nadie que visite la ciudad. Dentro de las universidades el grado de perfeccionamiento y aprendizaje en los estudiantes es, según él, “digno de admiración”.
“Allá no sé nada del contacto físico entre las personas. Nada de besos de saludo cuando uno llega o se va, o apretones de mano al conocer a alguien nuevo. Entre los estudiantes existe una constante lucha por ser el mejor. Existe mucho perfecionamiento”, comenta.
“Dentro de la familia se inculca que los descendientes tienen que velar por sus progenitores el resto de sus vidas. Los padres, casi de manera obsesiva, se esfuerzan mucho para brindar la mejor formación a sus hijos y estos, en agradecimiento, deben esforzarse en sobresalir dentro de la sociedad. Se tiene un gran respeto por las personas mayores, los maestros y los funcionarios del gobierno”.
“Un estudiante chino va a la escuela desde las 8:00 de la mañana hasta las 5:00 de la tarde. Una vez libre dedican buena parte de ese tiempo, que aquí en Venezuela sería para la distracción, a realizar tareas extras como clases particulares de inglés, matemática, robótica, computación. Son casi 12 horas de aprendizaje continuo y sin parar (...) la meta de ellos es ser los mejores en todo”, relata.
Pocos “camaradas” cosechó por el atropellado ritmo de vida de sus compañeros extranjeros.
“Allá se concibe la amistad de una manera distinta. Si tienes un amigo es por necesidad, porque vas a tener de él un beneficio. Tuve compañeros, pero no tantos amigos. Las personas son inexpresivas, no sabes si están tristes o alegres. Una vez mis padres me visitaron en Beijing y creían que yo siempre estaba molesto y no era así. Mi rostro ya se había acostumbrado a sus expresiones faciales. Pero, al final a mis compañeros se les pegaron mucho mis ‘no joda’, ‘qué vaina’ o ‘ta bien’, que les causaba mucha risa”.
A diferencia de otras ciudades de países occidentales donde reina en consumismo la juventud, en Beijing el comportamiento de ellos contrasta mucho con la sociedad venezolana.
“La gente no anda de un lado para otro gastando el dinero y sin saber saber para qué. Compran estrictamente lo necesario en la comida, el transporte, la ropa (...) saben cuáles son las prioridades”, añade Rixio.
En Beijing, dentro un pequeño local un buen grupo de comensales se abarrotan en las mesas para degustar el almuerzo. Platos van y vienen. Sus amigos deciden pedir por él para que “pruebe” las especialidades del día. El olor de la comida le abre cada vez más el apetito.
Luego de las entradas traen el “plato fuerte”, lo mejor del menú y lo que todos esperan con ansias.
“Tenía poco tiempo de haber llegado a China. Mi sorpresa no fue normal cuando vi que la ración era un sapo gigante, al que llaman ‘toro’, allí me acordé lo mucho que extrañaba mis arepas. Al principio comía pan y frutas, pero luego tuve que dar un salto y acostumbrarme a sus gustos gastronómicos”, añade.
En menos de tres meses, Rixio ya devoraba, como cualquier paisano de Beijing, chicharras asadas, avispas reina, ranas toro, larvas fritas de insectos y hasta anguilas. “Es una delicia comerse las patas de las gallinas o la cabeza entera de un cerdo. Poco a poco me adapte a los cambios y al final terminé devorando todo lo que me ponían”.
El sentido de aventura nunca lo abandonó. En su estadía, y con mochila en mano, recorrió cientos de ciudades, pueblos y sitios turísticos de gran interés. Pisó la mítica Gran Muralla China, el Palacio Imperial, la Tumba de Mao, el Templo de Confucio, además de más de 60 pequeños poblados.
“Los paisajes son muy hermosos, algo que uno cree que sólo aparece en los sueños. La gente siempre mostraba un gran interés por contarme la historia de los lugares. Los chinos son muy apegados a su cultura y muy abiertos para enseñársela a los extranjeros”.
A su juicio, los “olímpicos” marcaron una fuerte trasformación arquitectónica de la ciudad, pues esperaba la visita de 68 millones de personas de todo el globo.
“Los edificios se hacían en tiempo récord. En menos de cuatro o cinco meses pasabas y allí ya estaba la estructura de 10 o 20 pisos. Los hacían en un abrir y cerrar de ojos”, afirma enseñando las entradas a las disciplinas.
Sobre la mesa de su residencia un objeto curioso salta a la vista, que llama rápidamente la atención de los visitantes. Son letras en mandarín de un juego de mesa con las figuras del Padre de la Patria, Simón Bolívar, y Francisco de Miranda, el primer venezolano que encendió la llama independentista en el país.
Entre risas él describe: “Es un juego de monopolio sobre historia venezolana, pero en mandarín. Una de las tantas cosas de aquí que allá se encuentran (...) ellos nos conocen bien desde que el presidente Hugo Chávez afianzó los intercambios comerciales hace más de cinco años. Saben de Bolívar, nuestro fútbol, las mujeres bonitas y, en algunas partes, del proyecto bolivariano. Están muy atentos de las declaraciones del Jefe de Estado hacia Estados Unidos. Igualmente, cada vez es mayor la presencia de venezolanos en el país por los planes de formación en sus universidades”.
A la fecha son más de 400 profesionales venezolanos los que han recibido formación en Asia, según cifras del Ministerio de Ciencia y Tecnología y el propio Ministerio para el Petróleo y Minería.
Sobre esto él no duda en decir que “Venezuela está dando un gran salto en materia de formación de profesionales de alto rendimiento. Se están abriendo nuevas puertas a nuestros jóvenes en áreas impensables como aeronáutica, astronáutica o ingeniería espacial. Aquí lo que necesitamos es un cambio de ‘chip’ en la mentalidad y dejar atrás el conformismo. Los sueños se cumplen si uno se lo propone”.
En la mente de Rixio siguen latentes las palabras del escritor y teólogo inglés, William George Ward, “las oportunidades son como los amaneceres; si uno espera demasiado, se los pierde”. Cinco años después de su viaje, y ya con 32 años, se prepara para asumir los retos que le vienen por delante. Tal vez, en un futuro operar el propio satélite Simón Bolívar, cuando ya esté en el espacio.
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