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Las últimas horas del “vallenatero de oro”

lunes 11 de junio de 2012 09:31 AM

Yesenia Rincón Castellano / Maracaibo

Que respire, Dios mío ¡que respire! te lo suplico Señor, te lo imploro... Suplicaba Clara Elena Cabello, esposa de Rafael Orozco dentro del Mercedes Benz donde llevaba al hombre de su vida, con la ropa mojada en sangre, aún tibia. Sin aliento.


Desde entonces, hace hoy 20 años, el llanto ha lavado los recuerdos de Clara Elena. Diluyeron las remembranzas posteriores a la declaratoria de muerte del hombre que fue voz insignia del Binomio de oro. Hombre a quien le había dado el “sí”, en la iglesia Santa Bernardita de Barranquilla, un 5 de marzo de 1977, convencida de pasar la vejez con ese joven que tanto admiró por su humildad, porque pese a provenir del poblado campesino de Becerril, Departamento del Cesar, Colombia, logró convertirse en el “vallenatero de oro” que impulsó el género folclórico colombiano por todo el mundo.


La confirmación de la tragedia de aquel 11 de junio de 1992, fue dada a las 10:00 de la noche por los médicos de la emergencia de la Clínica del Caribe, de Barranquilla, al norte de la Costa Atlántica de Colombia, ciudad que hacía 19 años, Orozco había escogido para estudiar la carrera de administración de empresas, que luego abandonó tras su éxito con la música.


La mujer morena, guajira, natural de Urumita, Colombia, con quien Rafael José Orozco Maestre compartió 17 años de matrimonio, se había despertado aquel fatídico día, 18 horas antes, a las 6:00 am, para sacar a las tres hijas de su cama, porque cuando “Rafa” llegaba de gira, ellas no querían separarse de su lado.


Dormían acurrucadas con sus padres, en la habitación matrimonial de la casa 49C- 166 de la calle 96A del barrio Villa Santos, al norte de Barranquilla.


Las tres niñas, en especial Loraine, la menor, de 4 años, se negaban a ir a clases, en el Colegio Marymount. Pero con los regaños de Clara, se despertó el “Papurro lindo”, como le decía Loraine, y con el sueño intacto le dijo a su esposa: “Buenos días mami”. “Buenos días hijo”, respondió ella, como solía llamarlo desde que eran novios.


Como el trabajo de los cantantes hace que lleguen de madrugada a sus casas, “Rafa” casi nunca se levantaba temprano. Lo hacía al mediodía. Pero ese 11 de junio lo hizo, para despedir a las niñas, con besos y arrumacos.


Por los mismos trasnochos, casi nunca desayunaba y ese día tampoco lo hizo. Leyó la prensa, en especial las secciones deportivas porque amaba el fútbol y seguía los pasos de la selección de fútbol nacional y del equipo Junior de Barranquilla.


Luego hacía ejercicios. Pero ese día no hizo. Tomó un vaso de jugo de naranja y se mantuvo tranquilo en cama, descansando tras un mes de gira en Venezuela.


Allí, en su aposento, pasó la mañana atendiendo un sin fin de llamadas, entre ellas una de Misael, uno de sus 13 hermanos, quien cada vez que lo llamaba, preguntaba con añoranza cuándo pasaría por Becerril.


En su pueblo natal la gente lo esperaba para escucharlo cantar en la “Caseta Paletilla”, donde recordaban con orgullo que ese vallenatero exitoso paseaba desde niño por los caminos arenosos del caserío, sobre el lomo del famoso burro “El Ñato”, con el que cargaba el agua fresca del río Maracas, para ir a vender en otros poblados y así ayudar con la manutención de su numerosa familia.


Sus coterráneos deliraban en los conciertos del Binomio de Oro con el tema Qué lindo es el campo, cuando la voz brillante de “Rafa” se sentía más honesta que nunca al decir: “Soy campesino/ muy orgulloso/ y en el camino/ Me veo glorioso”.


Con igual euforia se mostraba el público venezolano con el tema Recorriendo Venezuela, cuando coreaba: “Caracas, Caracas/ como me gusta esa ciudad/ pero que lindas muchachas/ las que tiene Puerto Ordaz”.


Era la canción que lograba el clímax de los conciertos de aquel largo recorrido artístico en tierras venezolanas en 1992, donde tras bailar y gozar con el “ Binomio”, tocó llorar por la partida de Orozco, a quien en actos masivos lo velaron en el Coliseo de Barranquilla, al mismo tiempo que oraban por su eterno descanso, más de 7 mil fanáticos en la Catedral de Maracaibo.


Después de esa última gira, todo el equipo del Binomio de Oro entró por Cucúta a Colombia, vía terrestre, para dar, el 6 de junio, en el Hotel Bolívar el que fue el último concierto del “Binomio Blanco”. Allí se quedó el resto de los integrantes de la agrupación.


Pero Rafael quizo irse solo a Barranquilla, a 24 horas de viaje por tierra, para volver a ver a sus hijas, a quién no veía hace 30 días y sin saberlo, sería la última vez que lo haría.


En el mediodía del 11 de junio, llegó Loraine del colegio. Y a las 2:00 pm sus otras dos hijas: Wendy Yolany, de 11 años, y Kelly Joana, la mayor, de 14 años, quien terminó ese día las clases de quinto grado y propuso a sus padres que le permitieran celebrar en casa con sus amigos del “Marymount school”, instituto bilingüe donde estudiaban.


“No teníamos carro porque antes de la gira, a Rafa lo habían atracado en el centro de Barranquilla y le habían robado su Mazda 6. Entonces, en la tarde (como a las 3:00 pm) su mejor amigo, el cronista deportivo Favio Poveda, nos fue a buscar en su carro Mercedez Benz, para prestárnoslo tras dejarlo a él en su casa. Allí hicimos diligencias y compras de pasapalos en varios supermercados para la ‘reunioncita’ de Kelli”.


Tras llegar a casa —como a las 6:00 pm— recibió otras llamadas de la oficina y de la gente del grupo en Cúcuta, quienes estaban afinando los detalles para el sábado 13 dar otro concierto en el Hotel Bolívar.


Entre esas llamadas estuvo la de su compañero de grupo y de glorias en la música, Israel Romero Ospino, “El Pollo Isra”, con quien se puso de acuerdo sobre el traje que usarían en la presentación del sábado pues solían vestirse iguales.


Se bañó, se alistó y se puso a atender a las niñas y niños que estudiaban con Kelli, ya cerca de las 8:00 pm.


Escuchaban vallenatos, en especial las canciones de todos los tiempos del Binomio de Oro, que fue fundado en 1976.


Pero en los temas más antiguos, Rafa mencionaba a Kelli Johana, y Wendy increpaba: “Papi por qué no me nombraste a mí”. “Es que aún no habías nacido hijita”, respondía Rafael, desatando risas en la familia.

Entre los temas más recientes, Solo por tí, que compuso un año antes (1991) para Clara Elena, sonó esa noche como un presagio para la abnegada esposa, al decir: “Yo siento que te he querido y te quiero más / Es algo que necesito para vivir/ Mi vida, no sería vida, si tu no estás...”.


La misma letra de la canción estaría días más tarde inscrita en la lápida del cantante en el cementerio Jardines del Recuerdo de Barranquilla.


“En verdad mi vida jamás será la misma, nunca más. Desde que me lo quitaron. Es un vacío cada Navidad, cada cumpleaños, la primera comunión de las niñas, el grado. Lo necesité siempre para criarlas, para tomar decisiones. Su compañía, su amor, sus ganas de hacerme reír. Aún me hace falta, aún me pregunto por qué”, musita Clara, 20 años después, dejando fluir su río de lágrimas.


“Ese día en la fiestecita, me tomó por la cintura y medio bailamos”, cuando la señora Laudí, que trabajaba con nosotros vino a decirle que lo buscaban unos muchachos del grupo, unos atrileros, Alfonso (Alfonso Ariza De la Hoz) y Fercho (Francisco Javier Corena), que eran como de la familia. Y yo le dije: ‘Mijo no vaya, atiéndalos mañana’. Pero él se empeñó, y dijo: ‘Es que a lo mejor necesitan plata, porque teníamos mucho tiempo fuera, déjeme salir a atenderlos un momento Mami”.


Ambos jóvenes que eran “como de la familia” fueron imputados como cómplices del asesinato del “Vallenatero de Oro”.


Seis años después del homicidio, un juzgado en Barranquilla los absolvió tras demostrar que el escolta Sergio González Torres, fue quien recibió la orden de matar, por parte de su jefe, el ganadero y narcotraficante José Reynaldo Fiallo Jácome, alias El Nano.


Fiallo era colombiano radicado en Venezuela, y le disputaba a Orozco el amor de María Angélica Navarro Ogliastri, una venezolana, quien tras la sentencia del crimen (en 1998) desapareció de su país. “El Nano” y González fueron asesinados en Medellín, cuatro meses después del asesinato del hijo ilustre de Becerril. El mismo destino corrió el primer juez de la causa, los atrileros y el celador de una casa vecina, testigos excepcionales del caso.


Inocente de todo lo que se fraguaba tras la puerta de su casa, y con la humildad intacta de los tiempos cuando cargaba agua sobre “El Ñato”, Rafael acudió al llamado de los atrileros, esa noche de 11 de junio de 1992, para corroborar que no les faltara dinero para subsistir.

Pasadas las 9:00 de la noche, la señora del servicio, Laudí, escuchó detonaciones y, temblando, fue a llamar a Clara: “Creo que al señor Rafa le pasó algo”.


Abrió la puerta del frente de la casa y allí estaba, con diez heridas de bala. Moribundo. Los mismos atrileros ayudaron a Clara a cargar y embarcar en el Mercedes Benz a Rafael. El cuerpo impregnado de sangre tibia, al contacto, bloqueó la mente de la esposa que solo pensó en una súplica: ¡Que respire, Dios mío, que respire, te lo suplico Señor, te lo imploro!, pero ya no respiró más, solo quedó su música: “Cuando me encuentro triste/ cuando te siento lejos/ evoco tus recuerdos/ y en ellos siento alivio / A veces la nostalgia/ cargada de esa soledad / me llena de tristeza/ y solo me pongo a llorar”.

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