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Experiencia Panorama
10:52 AM / 12/03/2017
Entrevista / Abogada zuliana: “El verdadero valor de una mujer es el que ella se da”
Daniela Romero Nava / dromero@panodi.com
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Panorama
Milko Marín

La templanza y lo apacible se mezclan en cada gesto y cada palabra de Carmen Celinda Alcalá de Árraga. A sus 90 años —cumplidos el pasado 3 de diciembre de 2016— sostiene con lucidez que parte de su formación viene de la fortuna de haber tenido unos padres y un hermano amorosos y de la oportunidad de haber estudiado en el primer colegio mixto de Maracaibo, donde aprendió a hacerse sensible ante las relaciones del mundo. “El colegio Sucre”, dice orgullosa, tono de voz suave y una dicción impecable, mientras también refiere que desde allí se hizo devota de la Medalla de la Virgen de La Milagrosa, hasta el sol de hoy.

Una imagen de la jurista se aprecia en la galería que muestra a los ilustres del Zulia en su área y que reposa en el Colegio de Abogados de la entidad. En el sitio se le hace honor a su perseverancia y su premisa de que en el derecho hay bondad: “Eso también es el derecho, dar y recibir”, dice segura y con gesto reflexivo la primera abogada que graduó la Universidad del Zulia después de su reapertura en 1946. “Entré en el año de la reapertura e hice los estudios durante los cinco años completos. A través del desarrollo de los períodos se fueron incorporando otras estudiantes que venían de la UCV. Pero al momento de la primera promoción yo era la única mujer que había cursado toda la carrera desde el principio”, recuerda de aquel 1 de octubre de 1951.

El temple que la acompañó por años a los juzgados del Zulia, donde ejerció como la primera jueza de menores y primera jueza superior, aún la sostienen y se pasea como vaivén en sus remembranzas. No olvida cómo defendió el derecho de cada menor y de las familias en el estrado zuliano. “Me especialicé en la protección de niños y las familias. Fui muy respetada. En la época del gobierno de Marcos Pérez Jiménez era gobernador del Zulia el general Néstor Prato y tuve que embargar a uno de sus funcionarios porque no cumplió con una orden de manutención familiar. Me molesté mucho. Pedí una audiencia con el general y me fui con mis carpetas. Como buen militar me preguntaba: ‘¿Y qué le dijo él? ¿Y usted que le dijo?’.  Me terminó afirmando: ‘Sus órdenes serán cumplidas. Y así fue”.

Mientras hace la mención, aclara que no militaba con el general Prato y que nunca lo ha hecho con ningún partido político. “Siempre he sido una mujer apolítica”, dice con contundencia.

De su antes y su ahora asegura conservar el optimismo, la disposición, sus ganas de estar activa siempre y la sensibilidad ante los acontecimientos que se desarrollan en la sociedad y que poco a poco la van transformando. “Esas fueron las características que me llevaron a la elección de irme por las ciencias jurídicas cuando me tocó hacer el período que llamaban preuniversitario en el liceo Rafael María Baralt, el único apto para cursar ese ciclo de preparación para entrar en LUZ”, cuenta mientras lamenta que a veces esos atributos flaquean cuando observa “la descomposición social que rodea a la Venezuela actual” y que, a su juicio, desdibuja la verdadera cara del venezolano, descrito, por Alcalá como noble, dadivoso, solidario y luchador hasta el final.

“Sin duda se debe a la falta de valores, unos que deben ser formados desde el hogar, desde los padres, y en eso la mujer tiene un rol fundamental aprovechando que en comparación con años atrás tiene una posición social significativa. Por ejemplo, desde el punto de vista legal me ha tocado ver y estudiar su avance y puedo decir con certeza que antes tenía un papel muy insignificante en la familia, por ejemplo. La ley del año 1942 decía que la patria potestad le correspondía al padre y la madre solamente coadyuvaba el ejercicio de esa patria potestad. Ahora es distinto. En lo laboral también ha habido una trascendencia significativa. Sin embargo, —señala la exjueza desde el sofá de su sala y con la seguridad que la caracteriza al hablar— no hay trascendencia si no hay preparación, si no hay revisión, si no hay formación ni valor propio, pues el verdadero valor de una mujer es el que ella misma se da”.  

Con el pasar de sus años reconoce que apropiarse de ese concepto la ha llevado a enfrentar grandes retos en la vida, entre ellos el de haber levantado a cinco hijas sin la presencia de su esposo, Julio Árraga Zuleta, hijo del ilustre pintor zuliano que llevaba su mismo nombre. “Era un hombre maravilloso con el que me casé el 4 de enero de 1953, dos años después de graduarme. Pero lamentablemente él enfermó y murió antes de que cumpliéramos 18 años de casados. Mi hija mayor tenía apenas 17 años y la menor, 8. Las levanté con mucho apoyo de mis padres y con un doble amor, el de su padre y el mío. Hablo de él como uno de los recuerdos más bellos”, dice y se le quebranta la voz por razones que van más allá de la edad. Las lágrimas se asoman, pero de nuevo la exjueza se incorpora y con firmeza asume que la viudez fue una experiencia que la marcó y que también contribuyó en su transformación para encarar la vida.

No pisa los tribunales desde el año 1988 cuando fue jubilada después de 35 años y nueve meses como jueza. Se terminó de quitar la toga que llevaba con mística en el 2001 cuando dejó de impartir clases en la Facultad de Derecho del Alma Máter que la parió como profesional, y ahora dedica sus días a disfrutar de sus hijas,  nietos y bisnietos, aunque algunos se han ido del país. “Esa es una de las cosas que me apaga a veces la alegría, y forma parte de las preocupaciones que tengo, la partida de tantos jóvenes que se van a exportar los talentos”, sostiene comparando sus vivencias con las de otros tantos padres y abuelos venezolanos que han visto irse a los suyos.

Su hija mayor, también llamada Carmen Celinda, la observa y la escucha hablar de su vida y llora de admiración por su madre, quien de punta en blanco mira la tablet en la que lee  cuanta literatura le provoca y toma un sorbo de café en una taza distinta a la del resto de quienes la acompañan. “Es que tengo la manía de diferenciar mis cosas”, justifica con la sonrisa de unos labios rojos perfectamente delineados. 

Confiesa que el único miedo que ha tenido ha sido a la edad, pero se anota entre los creyentes que consideran como una esperanza cierta la resurrección y el encuentro con Dios que sostiene el catolicismo. Mientras tanto, disfruta los frutos de haberse formado como la mujer disciplinada, estudiosa, correcta, vertical y amorosa que describen quienes la rodean. “Creo que les dejo un legado. ¿Cuál será? Eso lo sabrán ellos —dice mientras mira a su alrededor y sonríe—. Solo sé que he dado a mi familia, a la sociedad y a mi país todo lo que he podido dar de mí”.

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